Archivo de la etiqueta: cumbia

Yo no canto cumbia (parte 3)

Hago arte desde muy pequeña, canto, dibujo, a veces bailo y, antes me creía actriz y modelo. La primera canción que canté frente a un gran público fue  una de las más fresas de la historia, claro, de mi película favorita en esos tiempos: High School Musical. Era yo, Milena, una niña chiquita y un poquito regordeta, con unos cachetes enormes y dos colitas, frente a unas 200 personas. Yo me sentí una estrella en esos minutos que sostuve el micrófono, cada palabra tubo sabor a oro.

9 años después estoy aquí, en un micro marrón que me lleva directo desde mi casa hasta la avenida Larco, tratando de cantar una canción antiquísima frente a unas 15 personas, de las cuales, unas 3 están dormidas y otras 5 piensan que su celular es más atractivo que yo.  Tenía los ojos dando vueltas por todo el lugar mientras cantaba, las manos un poco sudorosas y el pelo totalmente desordenado. Llevaba puesto un pantalón de hippie y mi popular chompa blanca, bueno, que solía ser blanca. Fui vestida como vagabunda, o eso traté. Quise entrar en personaje, no parecer una desubicada. Lo del pelo no fue parte del plan, es algo ya común en mí.

Llegue a casa, después de mi viaje y unos ravioles feos que comí en la cafetería de la universidad, con una nueva idea. Para mi buena suerte, al entrar me topé con la grata sorpresa de que mi mamá había vuelto temprano a casa. Así fue como le canté por segunda vez en el día a Elsa, pero con mi otro amigo, mi piano.

La verdad, muchas veces, por tratar de no equivocarme mientras toco las teclas, pongo una cara de muerto viviente. También suelo alentar las canciones, hacerlas más baladas y menos bailables. Por lo tanto, creo que cada vez que  toco el piano parece que estuviera molesta y, además, que me hubiera picado un caracol.

Con Elsa, la cosa cambió un poco. Mis dedos se movieron más rápido de lo normal y mi mente incitaba a mi cuerpo al movimiento. Mis dientes salían a la luz cada vez que cambiaba de acorde y mi pelo, bueno, seguía desordenado.

Entonces, analizando un poco la situación, concluí: ¡La cumbia es música de goce!

La cumbia peruana.

No importa si la tocas con una guitarra eléctrica, una orquesta, un piano viejo o si simplemente la cantas, porque es como un virus. Es como si la vida se pusiera al límite de saturación por un rato, logrando colores fuertes y chillones, pero alegres e hipnotizadores.

Ahora, después de todo lo pasado, puedo afirmar, con mucho entusiasmo, que me gusta la cumbia peruana. Cada vez que la escucho es como si nadara en un mar de pintura fosforescente que contrasta con un cielo oscuro y brillante. Me da satisfacción. Por eso, prometo hacerle un espacio a Elsa y  a algunas otras de sus amigas en mi menú de canciones fresas, porque siempre es bueno una renovación.

Yo no canto cumbia (parte 2)

Recomendación: Acompaña tu lectura con “Mentirosa” de Los Mirlos (Canción al final del texto).

En casa, yo ya tenía todo planeado. En la noche, ya en la cama, me había repetido mentalmente, una y otra vez, exactamente lo que iba a decir. Después de de dar mi discurso tenía pensado comenzar a aplaudir, ponerle ritmo y sazón al asunto, y empezar a cantar. En mi imaginación todo salía perfecto, y al final, a pesar de no haber pedido nada, la gente me daba voluntariamente dinero. ¿Qué más podría pedir?

Lamentablemente, esa era una idea, lejana a la realidad  y muy positiva.

Ya estábamos dentro, sentadas en camino a aquel parque. De pronto, la panamericana se introdujo en nuestra vista, y me visualicé. ¡Era el momento perfecto!, ya había puesto un pie firme para pararme, cuando de pronto, un hombre se me adelantó. ¡Salió de la nada!, lo juro.

Apenas el vendedor termino su discurso, me levanté del asiento y le pasé mi mochila a Mayra. Mire de frente, y me dije decidida: puedes hacerlo. Me planté en medio del vehículo, a la vista de todos, los observe unos segundos y me dispuse a pronunciar algunos sonidos.

Las palabras no fluían tan fácilmente como en mi cuarto unas horas antes mientras practicaba, me temblaba la voz y sentía mucho más el movimiento del viaje. La cámara ya estaba prendida y yo ya había hablado, no había marcha atrás. Muchos rostros me seguían con la mirada, más algunos ignoraban mi presencia. Me sentí humana, fuera de mi piel, en la vida de otro. Yo, una chica engreída que va por el mundo cantando y hablando sin parar, estaba parada frente a personas desconocidas que me estaban negando su atención. Una buena lección de vida, sin duda.

Pronuncié un pequeño discurso, más o menos lo que practiqué, pero más tirando para menos. A pesar de eso, creo que no salió tan mal, del 1 al 10, un 5. De pronto, las ideas se terminaron y, por lo tanto, no había nada más que decir. Eso me llevo a la otra parte de mi misión en ese micro: cantar. No quise decir el nombre de la canción, en mi mente tenía la idea de sorprender al público, no sé si lo habré logrado. Así que, nada más me quedó y solté la voz.

Mientras cantaba el antiguo éxito de “los destellos” sentí muchos nervios. Ahora que lo pienso bien, tal vez cantar este nuevo género por primera vez en un micro no fue la mejor idea. Me dificultó un poco vocalmente, más que todo por la tensión y la incertidumbre. Tenía miedo de que me salga un gallo, cocoroco, o peor, de caerme u olvidarme la letra.

Al terminar de cantar las personas aplaudieron, fue algo satisfactorio, que tal vez esperaba pero no conscientemente. Después de eso dije algunas palabras más y me limité a volver a mi lugar. Me dije mentalmente: No fue tan difícil.

Continuará…

 

Yo no canto cumbia (parte 1)

Recomendación: Acompaña tu lectura con “Elsa” de Los Destellos (Canción al final del texto).

Prefiero las canciones cursis y fresas, aquellas que son fáciles de tocar en el piano. También he cantado boleros y criollos, más que todo para mis abuelos, porque ellos odian la música que yo suelo tocar, solo porque es en inglés. La salsa también me llama la atención, no la puedo tocar porque me sale muy balada, pero, una vez puse un karaoke y canté, no es por alagarme pero me salió bien.

He estado reflexionando acerca de que canción podría ser la elegida para incursionar en este nuevo rubro misterioso y lejano. Estaba pensando en un clásico, sería interesante. Eso sí, estoy segura de que sea cual sea la canción, tendré que subirle como mínimo una tonalidad, a menos que la cante una mujer y que lo haga agudito como yo.

La semana pasada me descargue un nuevo playlist en Spotify: The Roots of Chicha. En este he podido conocer algunos antiguos éxitos de este género tan diverso. Elsa Elsa he estado cantando toda la semana, tengo que aceptar que esa es la canción que más me ha gustado, creo que porque ya la había escuchado antes. El punteo de la guitarra también hace bastante, dice un paparáparáparápa. Me he dado el trabajo de descifrar sus notas, aquí van: Re Re Re Fa La Fa La La, qué éxito.

Otro tema en el cual pensar: ¿Y cómo será mi incursión en este nuevo género musical?

A mi amiga Mayra se le ocurrió una arriesgada e interesante idea. Me dijo ayer: Milena, ¿y si vamos a los micros?

Así empezó nuestra aventura por las grises pistas de Lima. Solamente una voz, un poco de ritmo, y mucha gente en frente con diferentes rostros.

Quedamos en encontrarnos a las 9, pero como es costumbre en este hermoso país, fue a las 10 recién cuando nos reunimos. Mayra estaba nerviosa, yo también, por supuesto, pero como había practicado la canción unas cuantas veces en mi piano, decidí sentirme segura.

¿Qué hacemos? – Me dijo; yo respondí – Hay que subirnos a un micro he ir a Kennedy, si al final no me animo a cantar, hacemos algo allá. Y así fue, nos embarcamos en un gran autobús marrón que nos llevó derechito hacia nuestro destino. Al entrar estuvimos paradas un rato, pero mientras más avanzábamos, el micro más vacío quedaba. Me senté detrás de ella, que seguía indecisa. Mayra yo haré el ridículo, no te preocupes – Le dije con una enorme sonrisa en el rostro, supongo que eso la convenció, porque un rato después pasó todo.

Continuará…